ATEISMO, UNA REALIDAD O UNA MALA ORIENTACIÓN

ATEISMO, UNA REALIDAD O UNA MALA ORIENTACIÓN

Elkin Páez Chingal

Mayo 30 de 1999

 

Muchas inquietudes nos pueden surgir al tratar el tema del Ateísmo, las cuales nos pueden llevar a considerar seriamente él por qué no creer en Dios, los que si creemos, o por qué hacerlo, como plantean los llamados ateos.

El papel que Dios juega en la vida del hombre, la transmisión de dicha fe y la vivencia humana a partir de ese mismo Dios, son los ejes fundamentales en los cuales, tanto ateos como creyentes abren la brecha que los separa y marcan el punto primordial que permita que, tanto unos como otros reparen seriamente esta existencia, a partir de la manera como los que creen o no han argumentado sus posiciones respecto al mismo, y en si mismo lo que dicho Dios significa tanto para los unos como para los otros.

En este aspecto la Iglesia, en el Vaticano II, elabora en una de sus encíclicas, Gaudium et Spes, todo un capítulo, (primero), dedicado a la “Dignidad de la Persona Humana”, en la cual expone, entre muchos temas, incluyendo el Ateísmo, como nuestra dignidad humana solo se da, en primera instancia, al ser el hombre imagen del mencionado Dios que se cuestiona desde una posición atea, pero que a su vez da razón de la existencia tanto de los creyentes o no y personas que se dicen creer pero no lo viven ni lo hacen sentir a sí mismos y a los hombres que junto con ellos necesitan ser formados por su testimonio de esta fe.

Se necesita entonces asimilar esta imagen de Dios, como aquella en la cual se sustentan todos los hombres por la participación del sentir y pensar  de un Dios creador  al que el hombre se ha querido representar de mil maneras a lo largo de su historia y cultura propia, y que en sí mismo nos ha hecho legado de su libertad, pensar, posibilidad de crear e incluso con la capacidad de cuestionarlo y aceptarlo como Padre o lo que sea si es de nuestro agrado.

Siendo este punto final, el de la Libertad, el que tanto escozor ha causado, no solo porque el hombre dude de Dios, ni si obra bien o mal por dicha libertad, sino más bien, lo que su abuso ha conllevado como separación y división del hombre en su razón de ser con su Creador y lo que esto le ha provocado “de lucha dramática, entre el bien y el mal, entre las tinieblas y la luz”[1], por alejarse del punto de referencia que orientaba su existencia, Dios Padre.

Un único Dios Padre, por el cual el hombre se constituyó como tal desde la existencia misma de la humanidad, y que a su vez le facultaba por la procreación a perpetuarse en esta existencia en la participación propia y de su estirpe de “la Luz de la mente divina[2], que otorgaba al hombre la “Dignidad de la Inteligencia, la verdad y la Sabiduría”[3], la cual, con el transcurrir del tiempo debía perfeccionar desde su ser y su actuar encaminando a partir de ellas su propia realización personal.

Por esto, luego de haber hecho algunos de los planteamientos de la Gaudium et Spes respecto al papel que juega Dios en la dignidad de la persona humana y su existencia, no queda menos sino entrar en materia al tema propuesto por este escrito, el Ateísmo y su razón de ser como una realidad vigente o una realidad aparente provocada por una mala orientación pastoral de quienes son depositarios de esta fe y su transmisión.

Quiero comenzar diciendo, primeramente, que la Iglesia si ha sentado su posición clara frente a esta gran controversia que el ateísmo entra a formular, exponiendo en su último Concilio (Vaticano II), que la “Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede menos de reprobar con dolor pero con firmeza, estas funestas doctrinas (ateas) y estas tácticas que contradicen a la razón y a la experiencia humana universal, y rebajan al hombre de su grandeza original[4].

Se reafirma con esto que el problema del Ateísmo es más un problema de índole esencial de la naturaleza misma del hombre que necesita de Dios, pero al cual le faltan argumentos y experiencia de Dios en su propia vida que le prueben esta existencia. Considera por tanto la Iglesia que con la palabra “ateísmo se designan fenómenos de muy diversas índoles,  en los cuales, unos niegan expresamente la existencia de Dios; otros se contentan con decir que el hombre no puede afirmar nada absolutamente  sobre él, otros que se apoyan más en la ciencia, otros en sí mismo” y en sentido más amplio el ateo piensa que pensar en un Dios es oponerse a la libertad del hombre.

 


[1] CONCILIO VATICANO II, “Gaudium et Spes”, Capítulo 1, Documentos Completos, Ediciones Paulinas, 1991, Pg, 144.

[2] IBID, Pg. 145.

[3] IBID.

[4] Ibid

La busqueda de Dios en la noche

LA EXPERIENCIA DE DIOS EN SAN AGUSTÍN

Tratar el tema respecto de como San Agustín emprende su recorrido en el camino de su conversión, es descubrir y vivir la experiencia de la búsqueda de Dios en la noche.

 

San Agustín es quien recibe la llama de la fe, destinada a iluminar la nueva y creciente fe de un cristianismo naciente. Y la recibe en un momento de gran oscuridad, la crisis de su propia verdad, la noche que sirve de antesala a la claridad del Dios de su madre y que tantas veces negó y no quiso aceptar.

 

Noche también para la Iglesia, donde una serie de corrientes, por las que también atravesó San Agustín y que posteriormente atacó, ponían en peligro una serie de dogmas que fundamentaban la doctrina cristiana, hasta ahora en proceso de consolidación, y a lo que San Agustín también contribuyó.

 

San Agustín, insatisfecho de las cosas del mundo, va perdiendo la pasión por todo aquello que hasta el momento le interesaba, y esto lo hace en lo que el autor del texto llamará “La escalada hacia Dios”, el génesis para hacer de Dios su pasión, tras su búsqueda en la larga noche de su vida.

 

Tomemos como punto de partida, y que de alguna manera podríamos considerar como su primera gran pasión, el estudio de la retórica y la lectura de algunos textos para perfeccionarse en ese arte. Entre estos textos, “el Hortensius de Cicerón”, que fue el que lo llevó a descubrir la vaciedad de su vida, ya que hasta ahora solo se había interesado por la forma y el deleitar el placer que causaba una  palabra elegante a sus exquisitos oyentes, y no en un verdadero contenido que lo condujera a la verdad.

 

El dar sentido a su vida lo llevó a vaciarse de si mismo, a quitar el rastrojo del trayecto recorrido, por una vida del placer para alcanzar la felicidad. Luego siente la necesidad de encontrar la verdad y de dar valor a su vida, pero cae en manos de una corriente que lo arrastra largamente en sus concepciones erradas respecto a la naturaleza del hombre y los ejes del bien y del mal a los que estaba circunscripto, el Maniqueísmo, que lo llevó a concebir lo bueno y lo malo de manera escrupulosa.

 

Aunque son puntos fundamentales el retomar estos aspectos generales por los que San Agustín tuvo que pasar, lo que realmente  nos interesa en esta noche de búsqueda, es la manera como se iba gestando su encuentro final con Dios. Aspecto religioso trascendental que dio rumbo fijo a todo su pensamiento posterior.

 

Partamos del hecho al que se vio abocado, vaciarse de todo y enfrentar las confusiones que provocaba la ruptura con su manera de manera de pensar y ver las cosas, y la noche que hasta ahora orientaba su razón de ser.

 

Tuvo que asumir posteriormente todo aquello que su nueva condición adquirida le  llamaba hacer, y pagar el precio a su pasión y verdadero amor encontrado, aprendiendo de manos de todos aquellos que conocían aquello que tanto había desentendido de labios de su madre, el Dios amado que siempre ha hecho parte de su vida, pero hasta ahora no asumía.

 

Tuvo que afrontar la sensación del rechazo, producto de su sentimiento de culpa, al creerse incomprendido por Dios y la necesidad repetida de expresar, en confesión abierta, la alabanza como reconocimiento de la grandeza  del Ser Superior que superaba todas sus fuerzas y compresión, y para sentir la gracia y la misericordia, de Quien solo es gracia y caridad.

 

El nuevo hecho que posterior a lo anterior lo embargará, es la de contemplar la realidad en la que está metido y tener que justificar a los suyos y a la Iglesia misma la verdad de su conversión, dando credibilidad a su fe acogida, con el testimonio de su propia vida, y justificar, con la misma, el reconocimiento que le ha hecho la humanidad al sentir, seguir y vivenciar su santidad y pensamiento.

 

 

Realidad, que aunque le ocasiona gran conflicto interior, lo lleva a descubrir que era un hombre dado a la humanidad para amar y vivir en comunidad , a sentir como hombre y comprenderse como naturaleza propia justificada solo por Dios, quien era quien realmente conocía todas las respuestas a sus inquietudes y desvaríos. Quizás su pensamiento ha sido distorsionado, pero ante todo su concepción humana lo llevó a la aproximación de la lejana cercanía de Dios, de un Dios tan desconocido, pero a la vez tan real y cercano.

 

Pasar de la noche a la luz, fue correr la cortina de su propio y excesivo raciocinio, de pensar que Dios y la verdad serían desveladas por lucubraciones teológicas o raciocinios de difícil comprensión, ya que Dios se revela a los humildes, sin jamás poder decirse lo suficiente respecto a él. Llegar a la luz simplemente es dejarse rozar por el rocío mañanero de su amor y dejarnos imbuir de su presencia, y dar un vistazo alrededor y observar todo lo que ha hecho por nosotros.

 

Recibir la luz de la mañana para San Agustín fue observar la belleza del Creador en sus criaturas y reconocer  que la noche se alargaba cuando nos limitábamos a las últimas. Recibir la luz de la mañana fue sentir la presencia del Dios fuerte y misericordioso que nos acompaña incluso en las noches de nuestra existencia.