EL DÍA QUE…AMÉ A LA MUERTE Y LA COMPRENDÍ

 EL BARCO DEL MÁS ALLÁ

Mis memorias literarias / Cuento 

Poco a poco se aproximaba el barco que contenía los designios de lo irreal, misterioso y del más allá. Era aquel barco o gran velero el encargado de transportarnos por la senda de la muerte a la eternidad.

 

Yo incrédulo, observaba como descendía lentamente del espacio infinito, para internarse en lo más profundo del mar, dejando en una isla de misterios a la Muerte, que con su guadaña afilada se disponía a dar rienda suelta a su interesante labor de obsequiar tiquetes gratis para el barco del más allá, en el viaje al mundo irreal.

 

La Muerte fría y anhelada, trasformada solo en mi mente en hermosa doncella con risos de oro y mirada tan profunda cual túnel sin salida, abandonó el barco y comenzó a incrustar el tiquete para la eternidad en cada fiera, en cada hombre y en cada idea, (ya que estas también mueren cuando pierden la esperanza) que se le atravesaba en su lista del destino.

 

Al incrustar el tiquete con su mirada profunda, se disponía a arrancar las almas con su guadaña, pero no sin antes haber depositado en ellos la confianza necesaria de que nada malo les iba a pasar.

 

Yo observaba todo sin que alguien se diera cuenta y sintiendo tal deseo de curiosidad al querer saber que había en el más allá, me acerqué a la Muerte, sin miedo, por el contrario, con amor profundo, y ella, al darse cuenta de mi presencia y de la forma ansiosa que mostraba para que me llevara, me miró profundamente haciéndome fijar en el brillo que aparecía al final de sus ojos.

 

Me tomó del brazo y con su mirada me decía que yo era el único que había descubierto a la Muerte, como es realmente y no como el mundo creía que era y que por ello, el temor a la Muerte había desaparecido conservando para mí su forma de hermosa doncella.

 

No me dio tiempo para decirle algo y abrazándome fuertemente depositó en mí el misterio del barco, de la vida y del más allá. Todo esto lo iría recordando en cada luna del cuarto creciente; tan solo quedaron grabadas en mi mente las palabras que me contaban que para unos y para mi en determinado momento de la vida sería una cárcel, un purgatorio en el cual los hombres tienen la libertad de encontrar o no la salvación y la felicidad según la consciencia de sus actos, mas que en otros momentos la vida seria un paraíso de felicidad y realización donde la propia conciencia me llevara a valorar el hecho de estar vivo y saber que nunca fuimos sometidos a una prisión y si a ser privilegiados en el orden de lo existente.

 

El barco es el trance o medio por el cual las almas son conducidas a su destino final o mas allá que es la presencia de Dios, quien decide nuestra posición en aquel mundo misterioso.

 

Después de decirme todo esto me besó apasionadamente y me dijo que aun no era mi turno, pero que muy pronto comprendería que jamás estuve prisionero en la cárcel de mis miedos o inseguridades y que eran momentos que pasarían para ver de nuevo la luz de la esperanza, llegado el momento tendría el placer de estar muy cerca de Dios y nuestro amor duraría por toda la eternidad.

 

Separados sus labios de los míos levanté mi mirada y percibí que Dios nos observaba, haciendo una dulce señal, con lo cual el barco despegó con ella, quedando tendida en la oscuridad de mi mente la imagen de la hermosa doncella rodeada del reflejo de la tristeza y desolación al separarse nuestro amor, pero con la esperanza de que muy pronto nos volveríamos a ver.

 

1994

 

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