FAMILIA Y SOCIEDAD EN EL HORIZONTE DE APARECIDA

FAMILIA Y SOCIEDAD EN EL HORIZONTE DE APARECIDA

Autor: Monseñor João Carlos Petrini – Obispo Auxiliar de Salvador, Brasil

Traducción: Elkin Páez Chingal – Mayo de 2009 

SUMARIO

El autor, desde el horizonte de Aparecida, describe los elementos, constitutivos del matrimonio y de la familia que están en juego en el debate actual. Aborda, en primer lugar, los diferentes y contradictorios enfoques que tiene la sociedad actual sobre la familia y los contrapone con los conceptos antropológicos propuestos por Juan Pablo II, que tiene como fundamento la diferencia sexual, base para el matrimonio, entendido como una relación de plena reciprocidad entre los sexos y entre las generaciones, y que se realiza por el don sincero de sí mismo. En segundo lugar, toma como punto de partida al ser humano, hombre y mujer, creado a imagen y semejanza de Dios y destinada a encontrar su plena realización en la comunión interpersonal, pero también abierta a la gracia del sacramento que constituye la familia como Iglesia doméstica, lugar de encuentro con Jesucristo Vivo. En tercer lugar, la familia emerge como el espacio más decisivo para la conformación de la identidad de las personas y para la elaboración de criterios como la justicia y la solidaridad con los cuales cada persona debe entrar a la vida pública debidamente preparada para ejercer su ciudadanía.

 INTRODUCCIÓN

El Documento de Aparecida (DA) manifiesta una fuerte sensibilidad para con la familia, de la cual habla de forma directa en el tercer capítulo (nn 114-119) y todavía en el capítulo noveno, dedicado completamente a la “familia, persona y vida” (nn. 431-475). Además de estos, el tema de la familia es retomada a lo largo del documento, desde el numeral 06, donde ella es citada como motivo de agradecimiento y de alabanza a Dios, y después, en el numeral n 39 donde aparece cuando se habla de la “realidad que nos desafía como discípulos y misioneros”. En el segundo capítulo y a lo largo del texto hasta el numeral 525 cuando se  habla de la “unidad y la fraternidad de los pueblos” y, todavía en las pocas páginas de las conclusiones, que terminan con la bellísima oración pronunciada por el Papa Benedicto XVI en el Discurso Inaugural[1].

Cuando es analizada la globalización y sus consecuencias en todos los campos de la actividad humana y es descrita la crisis “del sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia que los cristianos llaman de sentido religioso”, el documento de Aparecida explicita, en el segundo capítulo, los desafíos enfrentados por la familia en el inicio de este milenio[2]. Después de analizar las diversas consecuencias de la globalización en la cultura contemporánea, inclusive sus efectos en la familia, el Documento de Aparecida afirma: “Vivimos un cambio de época y su nivel más profundo es lo cultural”[3].

Efectivamente, la familia emerge en la cultura actual como “el lugar para las luchas entre la tradición y la modernidad”, afirma Giddens[4]. Moviéndose en un horizonte bien diferente, el Siervo de Dios, Juan Pablo II, de venerada memoria, afirma algo semejante en la Familiaris Consortio y en la Evangelium Vitae[5]. Por causa de esto, la mayoría de las veces, en los estudios sobre familia se torna más difícil reconocer los límites entra la observación de la realidad y las exigencias de la batalla cultural. El presente estudio se mueve en el horizonte del Documento de Aparecida y describe lo que efectivamente está en juego en el debate actual sobre los elementos constitutivos del matrimonio y de la familia.

En seguida, aborda la familia en la sociedad contemporánea y las diferentes y contradictorias formas de considerarla.

Presenta, después de esto, la antropología adecuada propuesta por el Papa Juan Pablo II, antropología que valora el cuerpo y tiene como elemento fundamental la diferencia sexual, base para el matrimonio entendido como relación de plena reciprocidad entre los sexos y entre las generaciones, que se realiza por el don sincero de sí mismo para el bien y la felicidad del otro[6].

La antropología adecuada toma como punto de partida el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a encontrar su realización en la comunión interpersonal. El ser humano, hombre y mujer, está abierto para acoger la gracia del sacramento que constituye la familia como Iglesia doméstica. Son indicados, por fin, algunos de los aspectos de la vida familiar especialmente relevantes para la construcción de la convivencia social en la paz y en la solidaridad. La familia, en efecto, surge como el espacio más decisivo para la constitución de la identidad de las personas y para la elaboración de criterios de justicia con los cuales cada persona entra en el espacio público, debidamente preparada para ejercer su ciudadanía.

 Mutación Antropológica

El actual debate sobre la familia señala que está en discusión lo Humanum, esto es, el significado de ser hombre y ser mujer y el camino para encontrar la felicidad que cada corazón desea[7]. Varios autores, a partir de diferentes horizontes hermenéuticos, hablan de mutación antropológica en acción[8], indicando, con esa expresión, la intensidad y la extensión de los cambios que alteran los significados atribuidos a aspectos relevantes de la existencia personal y de la convivencia humana.

Las mudanzas que se verifican a lo largo de la modernidad configuran un panorama social y cultural que comenzó a desarrollarse desde el inicio de la era moderna y se tornó más relevante en las últimas décadas. Va delineándose, de esta manera, una alternativa global de hombre y de mujer, del modo de concebir y de vivir la sexualidad, la paternidad y la maternidad, la familia, la procreación de los hijos y toda esfera de la vida privada[9].

La vivencia del amor humano y de la intimidad[10], el establecimiento de los vínculos afectivos, la realidad del matrimonio, la constitución de la familia, la experiencia de la maternidad y de la paternidad adquieren nuevos significados[11]. Por otro lado, las posibilidades ofrecidas por la bioingeniería y por las nuevas tecnologías aplicadas a la vida humana, alteran la comprensión de lo que es propiamente humano y levantan cuestiones éticas todavía no lo suficientemente aclaradas[12]. La fecundación, por ejemplo, puede ser realizada en el laboratorio, sin la necesidad del ejercicio de la sexualidad. Desligada de una relación de amor, aparece ahora como definida por la decisión individual y por el acceso a la tecnología sofisticada[13]. Las mudanzas se refieren a aspectos relevantes de la existencia humana, repercutiendo directamente en el matrimonio y en la familia.

A estas y otras cuestiones se refiere el Documento de Aparecida cuando afirma que el mayor desafío que la Iglesia enfrenta en nuestro tiempo es cultural. Por eso vale la pena describir aspectos de las mudanzas culturales y antropológicas que están aconteciendo en el origen de las formas y contornos que la familia actualmente asume.

1. LA FAMILIA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA

Un sondeo de opinión realizado recientemente por un prestigioso instituto paulista[14], reveló que el 98% de las personas entrevistadas consideran la familia importante o muy importante. Difícilmente los observadores del escenario cultural brasilero, a partir de la consideración de los medios de comunicación y de las publicaciones especializadas, podrían prever que la familia gozase de tanta aceptación junto a la opinión pública. El hecho de haber sido escogida por el Gobierno como compañera para la implementación de políticas sociales de combate a la pobreza y a la evasión escolar indica otra vertiente de esta valoración de la familia. Alguien podría afirmar: nunca la familia fue lo suficientemente valorada como en estos últimos tiempos.

Por otro lado, los medios de comunicación  y algunas publicaciones académicas consideran familia a cualquier convivencia debajo del mismo techo, sin otras especificaciones más allá de la existencia de algún tipo de afectividad que una a aquellas personas entre sí. A final de cuentas, el criterio domiciliar que identifica a la familia con el conjunto de personas que comparten una unidad habitacional, utilizado por el IBGE, se encuentra también en los programas gubernamentales que incluyen a la familia, bien como en los diversos estudios de carácter científico. Hay una razón metodológica, exigida por el tipo de estudio realizado, como en el caso de levantamientos demográficos y estadísticos, se acrecientan, muchas veces, posturas que carecen de criterios capaces de identificar las características esenciales de la realidad familiar, dificultando una operación típica del trabajo científico que consiste en distinguir, clasificar, para poder ordenar y analizar adecuadamente.

En este sentido, alguien podría ponderar: nunca la familia fue considerada de manera tan fluida, con contornos tan indefinidos, siendo diluida su identidad al punto de poder desaparecer como grupo social-institución con características propias bien definidas.

Esta situación paradójica según la cual ahora la familia es todo, ahora es nada, documenta cuan profundo es el proceso de mudanza que envuelve a la sociedad brasilera en todas sus dimensiones y revela la pluralidad de posiciones, la diversidad de valores y metas que se encuentran en nuestra cultura. Por eso, los observadores oscilan entre la percepción de la familia como una realidad residual, destinada a desaparecer[15] y la percepción de que la familia es la base de todo[16].

 1.1.  Mentalidad individualista deja a la familia en la sombra

La esfera pública desde los años 50, era dominada por una mentalidad que observaba solamente individuos: el trabajador, el desempleado, la niñez, la mujer, el negro, el adolescente, el anciano, como si ellos existieran fuera de una concreta red de relaciones familiares. Las relaciones familiares eran consideradas irrelevantes a los fines de la organización social y a la defensa de los derechos de la ciudadanía. En muchos casos, la familia era considerada no solamente irrelevante, aún más perniciosa, como el adversario político que debía ser derrotado para que modos de actuar más ajustados con el proceso de modernización pudieran encontrar terreno favorable para su expansión.

No deja de ser curiosa la convergencia de fuerzas políticas e ideológicas muy diferentes en la forma de evaluar a la familia. El proceso de desarrollo y el proyecto de modernización del País hacían imaginar que en breve sería alcanzado un mundo nuevo de paz y de bien estar para todos. En otro horizonte intelectual, definido por el marxismo, era acalorada la posibilidad de remodelar  el hombre y la historia de acuerdo con proyectos utópicos, según los cuales era legítimo desconsiderar el legado del pasado para construir una construcción nueva desde la raíz. La familia tradicional, comprendida a través de los esquemas del modelo patriarcal, representaba exactamente lo que debía ser superado y dejado para atrás. En ese ambiente cultural, la familia era considerada como el lugar de la reproducción de una mentalidad conservadora, contraria a la revolución, a la militancia política y a las innovaciones culturales.

La búsqueda por las libertades sin restricciones en la esfera individual, conoció momentos de gran expansión después que los militares fueran apartados del poder y encontró sustento en la difusión de los medios químicos de anticoncepción. Las energías políticas, que habían sido movilizadas contra la dictadura y que se aglutinaban alrededor del proyecto de las libertades democráticas, fueron direccionadas para objetivos de liberación individual y trajeron una gran revolución en la manera de vivir el amor y la sexualidad, la procreación, la paternidad y la maternidad, los vínculos conyugales[17].

Ese entusiasmo por las posibilidades próximas, (así, por lo menos, ellas parecían) de construcción de una sociedad justa e igualitaria y de un ser humano nuevo era alimentado por el mito de la revolución[18] que, desde la toma de la Bastilla no había parado de expandirse, adquiriendo nuevos impulsos después de la revolución cubana y nicaragüense, pero también nuevos significados, con la prevalencia de objetivos individuales y de intereses subjetivos, que fueron tornando el lugar de los antiguos ideales políticos.

 1.2. La desvalorización del pasado y la implosión del futuro

Las utopías políticas fueron perdiendo la capacidad de persuadir y de alimentar la esperanza. Ellas también fueron sometidas a la lógica de la deconstrucción. El anuncio de este proceso que se concretó de manera más visible en la década, a partir de la caída del muro de Berlín, se dio cuando Lyotard dando un discurso en el Consejo de las Universidades de Quebec al respecto de la situación del conocimiento en época de alta tecnología  en las sociedades avanzadas, declaró las expectativas de progreso y de desarrollo ilimitado carentes de fundamento, considerándolas meta-narrativas, esto es, fábulas sin consistencia y sin credibilidad[19].

El proceso de autofagia del cual se alimenta la cultura contemporánea, de-construyendo hoy lo que la modernidad construyó ayer, no impidió que cierto mesianismo “moderno” continuara prosperando, ahora asociado a las posibilidades ofrecidas por la bioingeniería y por luchas contra el sufrimiento y la muerte. Fueron conquistadas más libertades individuales, en una incesante batalla contra los límites de la condición humana. Se fue afirmando un estilo de vida independiente, autónomo, caracterizado por la libre escogencia. En el escenario moderno, apareció un individuo inestable, de convicciones volátiles y compromisos variables como el agua. La cultura de lo efímero[20] hace percibir los vínculos familiares mas como amarres que limitan la libre expresión de la propia  personalidad que como recursos esenciales para la propia realización humana y, por eso, destinados a permanecer en el tiempo[21].

1.3. El mercado coloniza el mundo de la vida

En este contexto, el mercado se afirmó aún más como un poder impersonal, capaz de condicionar a los individuos y a los Estados, pero también de introducirse en las relaciones humanas, esto es, en el tejido fino de las relaciones cotidianas, los criterios, los valores, los métodos que le son propios, sintéticamente indicados como intercambio de equivalentes.

                El mercado coloniza el mundo de la vida, reduciendo (…) los espacios de gratuidad, todo calculado en función de la conveniencia y de la utilidad, (…) aplicándose a la producción del lucro y del poder[22].

Es como si el malestar moderno que estaba emergiendo en la sociedad, analizado por muchos estudiosos[23], bien como las críticas decisivas a la racionalidad iluminista, reducida a instrumento de lucro y de poder[24] no hubiesen sido adecuadamente asimilados. Y no se trataba de cuestiones teóricas reservadas al debate de algunos especialistas. La realidad histórica se presentaba cargada de un conjunto de graves problemas sociales, tales como el desastre ecológico, la producción y el comercio de armas y de drogas, la posibilidad de destruir el planeta con las bombas nucleares, el hambre de más de la mitad de la población mundial, además de la ola de de destrucción y muerte producidas en la primera mitad del siglo pasado por las guerras mundiales y por los totalitarismos nazista y estalinista.

Estos factores, entre otros, repercutieron de variadas formas en la constitución de la familia contemporánea y de sus relaciones. La familia se encuentra, especialmente en estas últimas décadas, en constante cambio, por participar de los dinamismos propios de las relaciones sociales. Integrada en el progreso social, ella pasa por trasformaciones significativas. En medio de turbulencias culturales y sociales, la familia se empeña en reorganizar aspectos de su realidad que el ambiente socio cultural va alterando. Reaccionando a los condicionamientos externos y, al mismo tiempo, adaptándose a ellos, la familia encuentra nuevas formas de estructuración que, de alguna manera, la reconstituyen[25].

1.4. Renovación del interés por la familia

A partir de los años 80, inicialmente en Europa y en los Estados Unidos y, en seguida, en todo el mundo, comenzaron a multiplicarse los estudios sobre la familia. En la mayor parte de los casos, ellos redescubrieron la importancia de la familia, considerada funcional al bienestar de las personas y al buen éxito de la socialización y de la educación de las nuevas generaciones. Muchos estudios estaban centrados en el análisis de las funciones de la familia, reconocida como relevante para el desarrollo de las personas en las diversas etapas y circunstancias de sus existencias. Pero, casi siempre, ellos perdieron de vista aspectos significativos de la realidad familiar por la falta de instrumentos de análisis adecuados para aprehender lo que estuviera fuera de los esquemas. De hecho, la familia tiene un carácter suprafuncional, advierte Donati.

                Ella no existe para satisfacer una o alguna de las funciones sociales, pero un abanico potencialmente indefinido, en cuanto la familia es una relación social plena, o sea, un <fenómeno social total> (…) que implica todas las dimensiones de la existencia humana[26].

Cabe recordar algunas iniciativas tomadas por el Papa Juan Pablo II, que contribuyeron significativamente para una nueva comprensión de la familia. En los primeros años de su Pontificado, dedicó las audiencias de los miércoles a la presentación de la Catequesis sobre el Amor Humano[27], una contribución original para pensar una adecuada antropología a los desafíos que el matrimonio y la familia enfrentan en nuestro tiempo. En 1981, el publicó la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio[28], un documento programático y de revisión crítica de la realidad familiar que sensibilizó la Iglesia. En el mismo año, el fundó el Instituto Pontificio Juan Pablo II para Estudios sobre el Matrimonio y Familia, junto a la Universidad de Letrán. En pocos años, el Instituto abrió sedes a distancia en África (Bernin), en la India, en los Estados Unidos y en México, en España, en Australia y en el Brasil, entrando de manera más directa en el debate con el mundo intelectual. En seguida, comenzó a realizar Encuentros Mundiales de las familias con el Papa, reuniendo millones de personas, de modo que el tema de la familia se impuso también a la atención de los Medios de Comunicación.

1.5. La familia es una relación de plena reciprocidad entre los sexos y las generaciones

Con el crecimiento de la sociedad funcionalmente organizada, muchas funciones anteriormente reservadas a la familia, pasaron a ser desempeñadas por otras agencias públicas o privadas. Era inevitable que, por causa de ese proceso, la familia apareciera como empobrecida, casi desvanecida. Con efecto, la tarea educativa, la socialización de la niñez, los cuidados con la salud y con el desarrollo físico y psíquico, son cada vez más realizados por el Estado o por entidades privadas, por causa de la menor disponibilidad de tiempo de los padres, debido a la dedicación del hombre y de la mujer al trabajo fuera de casa. Además de esto, estas entidades ofrecen servicios siempre más especializados, de modo que, delante de un abordaje profesional de los problemas y de las tareas domésticas, la familia retrocede. Hasta la función más propia de la familia, como la de procrear, puede ser, actualmente, desempeñada por laboratorios de fecundación asistida, sin la necesidad de la relación sexual entre el hombre y la mujer. Y es anunciado como cercano el momento en que será posible realizar la procreación medio de la clonación, sin la participación del elemento masculino para fecundar el elemento femenino. En este horizonte, el investigador acaba por no encontrar más su objeto de estudio, la familia, que va disolviéndose delante de sus ojos. Sin embargo, la familia existe y cada vez más emerge como la realidad fundamental para el delineamiento de la identidad humana y social, es tanto así que “el símbolo de la familia es de los más fuertes, estables y relevantes en el tiempo de la vida social, desde el inicio de la historia humana hasta hoy”[29].

Se torna siempre más evidente que cuando la familia no vive relaciones de reciprocidad plena y las políticas públicas favorecen el individualismo en lugar de fortalecer la solidaridad social, cuando se valora la cooperación entre los sexos y entre las generaciones, la colectividad hacerse cargo de tareas que, en otras circunstancias, las familias asumieron para sí, aumentando considerablemente el gasto público. Además de esto, el conflicto y la violencia en la convivencia social están creciendo en este ambiente.

1.6. Nuevos aspectos de la vida familiar exigen nuevas categorías de análisis

Todavía, cabe observar que el ritmo vertiginoso de los cambios sociales y culturales que se reflejan en la organización y en la convivencia familiar, da origen a situaciones para las cuales, muchas veces, faltan categorías de análisis adecuados para aprehender nuevos aspectos de esta realidad. Es el caso, por ejemplo, de la diferencia de género[30].

                La situación actual se caracteriza por ampliar las márgenes de indeterminación, (…) de modo que la definición de género se connota por límites culturales no precisados, (…) por interpretaciones subjetivas que admiten un amplio espectro de variabilidad.[31]

Una lectura de la diferencia/identidad entre los géneros en llave de emancipación de la mujer tiende a enfatizar las señales de la igualdad. Pero puede ocurrir que por ese camino, no sea aprehendida la realidad de la forma como efectivamente se da. Es verdad que hay una significativa tendencia en la cultura contemporánea a disolver las diferencias de género, particularmente fuerte en los medios de comunicación y en algunas instituciones como la escuela y el mercado de unisex, pero es verdad también que niños, adolescentes y adultos recrean espontáneamente, en sus juegos y en sus relaciones, nuevas formas de diferenciación, muchas veces no vistas, no observadas por lo inadecuado del instrumento de análisis disponible.

La moda masculina se feminiza y la femenina se masculiniza. Se puede llegar a teorizar que los límites son progresivamente anulados. Pero la realidad no confirma esa interpretación. “En muchos aspectos o ámbitos de la vida, la diferencia de género no solamente permanece, aun más se regenera”[32].

Donati da el ejemplo de la creación de clubes y de otros servicios abiertos con exclusividad a las mujeres. El comenta: “Lo que distingue un género de otro no es más confiado a la adhesión a modelos de conformismo social, (…). La distinción de género se torna más individualizada”[33]. En seguida el acrecienta: “No tenemos un código simbólico apto para tratar el juego de las diferencias de género en condiciones de elevada complejidad”[34].

Por otro lado, no debe ser subestimada la afirmación de Giddens cuando dice que la familia emerge como “el lugar para las luchas entre la tradición y la modernidad, pero también una metáfora para ellas”[35]. Las exigencias de la lucha cultural pueden ofuscar, la mayoría de las veces, la observación atenta y desapasionada de la realidad.

1.7. La familia para los nuevos tiempos

La revisión crítica de la manera como la familia viene siendo considerada en la cultura contemporánea y las presiones para cambios que, en algunos casos, amenazan la identidad y la propia existencia de la realidad familiar no oscurecen conquistas consideradas irrenunciables, tales como una mayor igualdad entre los sexos, con disponibilidad para el diálogo en lugar del antiguo autoritarismo de marca machista y la entrada de la mujer en el mercado de trabajo, entre otras. Por eso, la Iglesia no mira con nostalgia para la familia del pasado, pero piensa en poder ofrecer una contribución significativa para que se constituyan modos convivir en familia más adecuados a las exigencias de felicidad y de realización humana para este tercer milenio que se acaba de inaugurar. Si algunos cambios que acontecieron en la familia son reconocidos como conquistas de civilización, otras, por el contrario, suscitan preocupaciones, en la medida en que expresan la tendencia a no reconocer límites al arbitrio individual para redefinir la experiencia humana.

1.8. Misterio nupcial y cultura

Las relaciones de intimidad atraviesan una gran transformación que configura nuevos valores y modelos de comportamiento, que merecen mayor profundización. El misterio nupcial, esto es, el entrelazamiento de diferencia sexual, don de sí y fecundidad, que tradicionalmente constituye el núcleo del matrimonio y de la familia, como ya fue dicho, en estos últimos tiempos fue roto, pudiéndose vivir la sexualidad sin la fecundidad y esta sin la sexualidad y ambas sin el don recíproco de sí[36]. El entrelazamiento de sexualidad, don de sí y fecundidad (misterio nupcial) dejó de ser la premisa para que el hombre y la mujer realicen un proyecto común de vida, destinado a durar en el tiempo, como espacio de responsabilidad recíproca. Ahora es posible vivir la sexualidad desconectada del contexto  global de la existencia personal, ignorando la destinación a crear vínculos duraderos y, eventualmente, a procrear. Cuando la sexualidad es separada de la totalidad de la persona y la intimidad no implica el don recíproco de sí para compartir la entera existencia y ni la apertura para generar hijos y educarlos, la sexualidad se torna un fragmento de la persona o expresión reducida de una persona fragmentada. La dimensión lúdica parece agotar el significado de la sexualidad humana, que no encuentra más límites, pudiéndose eliminar de ella cualquier responsabilidad o vínculo que extienda sus efectos más allá del momento en que se realiza como juego. En ese horizonte la diferencia sexual aparece como poco relevante[37].

Los métodos anticonceptivos provocaron un cambio radical, especialmente para la mujer que, como dice Sarti,

                No vive más la vida y la sexualidad unidas a la maternidad como a un destino, recreó el mundo subjetivo femenino y, gracias a la expansión del feminismo, amplió la posibilidad de acción de la mujer en el mundo social[38].

Por otro lado, la posibilidad de la fecundación in vitro separó la procreación del ejercicio de la sexualidad y del amor, aproximándola a una actividad productiva, según la lógica del mercado. Las biotecnologías favorecen la difusión de una mentalidad que considera la vida humana como un material biológico sobre el cual se puede intervenir sin otros límites a no ser los que son impuestos por el estado del conocimiento y de los instrumentos disponibles.

1.9. En búsqueda de una antropología adecuada

En el contexto de la cultura actual, están siendo delineados caminos diferentes para vivir el amor humano y la intimidad. Pero, las diferentes propuestas que emergen en el debate cultural deben censurar o negar algún aspecto de la realidad: o niegan la diferencia sexual, o la procreación como camino para realizarse humanamente, rechazando la paternidad y la maternidad o, entonces, se niega la viabilidad de que el don recíproco de sí entre los cónyuges dure y se extienda a lo largo de la existencia[39]. Además de esto, esa antropología emergente, casi siempre reduce o censura las implicaciones sociales de las relaciones de intimidad y, por tanto, la dimensión institucional del matrimonio y de la familia.

Se va configurando, de esta manera, una antropología alternativa a la que presidió durante milenios a la organización de la vida familiar, mudando el modo de vivir la sexualidad, la maternidad, la paternidad y el modo para realizar la propia humanidad. Exactamente por censurar o reducir el significado de los aspectos relevantes de la realidad humana, podemos decir que estas tendencias contemporáneas exprimen una antropología inadecuada, caracterizada por el olvido de la totalidad del ser en cuanto tal, un olvido de esencial apertura a todo[40].

Se torna interesante, entonces, para la comunidad eclesial, el diálogo para comparar esa antropología emergente con la propuesta de una antropología adecuada[41], elaborada por el Papa Juan Pablo II, en las catequesis sobre el amor humano y en los textos de su Magisterio, como también en los escritos anteriores a su Pontificado. A ese respecto, sería interesante recoger el apelo del Papa Benedicto XVI a Regensburg, cuando recomendaba ampliar el uso de la razón, saliendo de los límites auto impuestos por la razón iluminista y positivista, orientada a la búsqueda de la utilidad inmediata y no de la verdad y del bien duradero[42].

2.  MATRIMONIO Y FAMILIA EN EL DOCUMENTO DE APARECIDA

El Documento de Aparecida D.A. alude a la teología del cuerpo, núcleo decisivo de la herencia de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia, como aparece en las catequesis sobre el amor humano. La teología del cuerpo, especialmente desarrollada en las citadas catequesis de los miércoles[43], toma como punto de partida la dimensión corpórea de la persona en su realidad concreta, marcada por la diferencia sexual, señal de una realidad trascendente[44]. Esta dualidad del ser humano, que siempre y solamente aparece como hombre y como mujer[45]. El retorno al “principio”, esto es, a la situación inicial de la creación, se apoya en la doble redacción genesiática de la creación del ser humano y pone las bases para la construcción de aquella “antropología adecuada” que el Papa Juan Pablo II percibía como la mayor urgencia, delante de la fluctuación de los valores relativos al amor humano, a la masculinidad y a la feminidad en la cultura actual. El tema de la antropología adecuada se mueve el foco de del debate de las normas morales para el significado de la existencia. Las normas serán presentadas después de explicitados los significados de la experiencia del amor humano, como exigencias para que este sea vivido en la verdad y en la plenitud que el ámbito de redención en Cristo torna posible. La antropología propuesta por el magisterio de Juan Pablo II es adecuada porque lleva en cuenta todos los factores en juego en la experiencia humana, sin reducirlos y sin deducir su verdad de principios dogmáticos. Ella parte de la experiencia y considera el ser personal del hombre y de la mujer en su totalidad[46].

2.1. La ética del don

El ser humano, que experimenta la soledad originaria[47] como diferencia de todos los otros seres creados (animália) y como consciencia de la propia identidad personal, se comprende “en el mundo”, “con los otros”, y alcanza todo el significado  de la existencia cuando se descubre “para el otro” en la experiencia del don sincero de sí.

En el número 7 de la Mulieris Dignitatem, el Papa Juan Pablo II, cita en el número 24 de la Gaudium et Spes, cuando sugiere alguna semejanza entre la unión de las Personas Divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. “Esta semejanza manifiesta que el hombre, única criatura que Dios quiso por sí misma, no se puede encontrar plenamente si  no por un don sincero de sí mismo”[48].

En las Catequesis de los miércoles, el Papa habla de la desnudez, de la vergüenza y del pudor como experiencias que se manifiestan en la relación con el otro y que evidencian la corporeidad como capacidad de hacer la entrega de sí, en el don recíproco de sí mismo, para el bien, para la felicidad del otro.

                De esta forma, se revela el significado conyugal del cuerpo, o sea, su fundamental dimensión personal, por la cual es capaz de exprimir la vocación del ser humano al amor, a la libre donación de sí mismo[49].

Además del significado conyugal, en la experiencia del don de si, se asocia también el significado procreador del cuerpo. Fuera de este horizonte, que exprime el ethos del don, es fácil incurrir en la reducción de cuerpo a instrumento de trabajo y de placer, objeto de posesión. “La ética de la donación recíproca es socavada por el pecado que es, antes de todo rechazo del don que viene de Dios”[50].

2.2. Imagen de Dios y comunión de las personas. Imago Dei e Communio personarum

Las categorías de imago Dei e de communio personarum constituyen los puntos de referencia para comprender este núcleo antropológico y teológico del magisterio de Juan Pablo II que, inspira de forma decisiva el Documento de Aparecida, especialmente en lo que se refiere a la familia. Ya en su constitución corpórea, el ser humano, hombre y mujer, se orientan a la unión en la carne, a través de la donación sincera de sí mismo, asegurando la comunión entre las personas y se abre para la maternidad y la paternidad. En este sentido, la communio personarum, indica el origen y el destino último del ser humano,  es la matriz de la cual procede, la meta en la cual podrá encontrar la satisfacción que irresistiblemente busca y el método a través del cual podrá conducir su propia existencia. Que el ser humano es creado a imagen y semejanza de Dios no significa apenas que la persona es libre y racional, lo que la diferencia de los otros seres vivos (animalia). Juan Pablo II entiende que la persona  humana es imago Dei porque es portadora de aquella cualidad de la vida divina que es la comunión. En Mulieris Dignitatem, Juan Pablo II afirma: “Decir que el hombre es creado a imagen y semejanza de este Dios, quiere decir también que el hombre es llamado a existir ‘para los otros, lo torna un don y una donación”[51]. En suma, la comunión interpersonal imita la Santísima Trinidad y la relación conyugal entre hombre y mujer es la primera expresión de esta comunión.

El Papa Juan Pablo II habla de la analogía entre Trinidad y familia a partir de la Imago Dei. No en tanto, una tradición secular fundada sobre la autoridad de Agustín de Hipona y de Tomas de Aquino había colocado una barrera, impidiendo que la reflexión teológica avance en esa dirección. En el número 6 de la Carta a las Familias, Juan Pablo II presenta de forma prudente su tesis, afirmando: “A la luz del Nuevo Testamento, es posible vislumbrar como el modelo originario de la familia debe ser procurado en el propio Dios, en el misterio trinitario de su vida”[52]. El tema es tratado con rara profundidad por el Profesor Marc Quellet, actual arzobispo de Quebec, en una obra dedicada a la antropología trinitaria de la familia[53]. En esta sede, es suficiente una breve nota, con la finalidad de despertar la curiosidad y el interés del lector, para que procure profundizaciones adecuadas. Juan Pablo II, en la carta a las familias, continúa:

                El ‘Nosotros’ divino constituye el modelo eterno del ‘nosotros’ humano y, en primer lugar, de aquel ‘nosotros’ que es formado por el hombre y por la mujer, creados a la imagen y semejanza de Dios[54].

El texto más explicito se encuentra en el numeral 7 de la Mulieris Dignitatem, donde se afirma:

                El hecho que el hombre creado como hombre y como mujer sea imagen de Dios no significa solamente que cada uno de ellos individualmente es semejante a Dios, como ser racional y libre. Significa también que el hombre y la mujer, creados como la unidad de dos en la común humanidad, son llamados a vivir en la comunión del amor y a reflejar en el mundo la comunión de amor que existe en Dios, por el cual las tres personas se aman en el íntimo misterio de la única vida divina. (…) Esta unidad de los dos que es señal de la comunión interpersonal, indica que en la creación del hombre fue inscrita una cierta semejanza de la comunión divina (communio). Esta semejanza fue inscrita como cualidad del ser personal de ambos, y conjuntamente como un llamado y como tarea[55].

Esta analogía tiene su fundamento en el amor interpersonal que por la donación y por la acogida, genera a las personas, las mantiene en relación y les permite realizarse como personas “mediante una sincera donación de sí  mismos”. Juan Pablo II recuerda en el mismo texto (M.D. 8) que cualquier semejanza entre el Creador y su criatura es limitada por una des-semejanza aún mayor. Todavía,

                Existe una semejanza suficiente entre la imagen y su Modelo divino, a fin de que una comunidad de dones venga a unir el Creador y su criatura en la transmisión de la vida. El hijo es recibido como un don personal de Dios, como respuesta a un don recíproco de los esposos[56].

 2.3. Sacramentalidad de la Iglesia doméstica

El cuerpo humano es comprendido como “un sacramento primordial, como una señal que transmite eficazmente en el mundo visible el misterio invisible, oculto en Dios desde la eternidad”[57]. El tiene la capacidad de tornar visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino.

El sacramento del matrimonio, es más que una bendición dada a los esposos. El amor que los novios se declaran, como voluntad común de una donación recíproca, es asumido por Cristo y pasa a hacer parte del misterio mayor del amor entre Cristo y la Iglesia.

                Esta mediación nupcial de Cristo, simbolizada por su presencia en Canaán, significa que el auténtico de los esposos es asumido en al amor divino (G.S. 48) y en la relación del Trinidad con el mundo[58].

De un lado, los novios se prometen amor y del otro es el amor de Cristo, el don total que El hace de sí a la Iglesia, que asume y trae para dentro de su misterio aquel amor de los cónyuges. El empeño de los dos, de uno para con el otro, es antes que todo un empeño para con Cristo que, por su  vez, se torna garantía de su amor por su misterio pascual y por el don del Espíritu.

                La visión de un Dios que bendice de lo alto el amor humano, que aún permaneciendo en una realidad ‘mundana’ es elevado ‘sobrenaturalmente’, deja el lugar a una visión trinitaria en la cual las Personas divinas se implican en el intercambio de dones de las personas que se casan[59].

En este sentido, el amor conyugal y familiar no es solamente una imagen del amor de Cristo y de la Iglesia, pero es su realidad viva, sacramental.

La edificación del Cuerpo de Cristo se realiza a través de los sacramentos de la Iglesia, que van desde el Bautismo hasta la Eucaristía, pasando por todos los demás. En el Bautismo, es generado el hombre nuevo, el nuevo sujeto de la historia; y la Eucaristía representa el culmen de la vida cristiana, por la participación del fiel al don del sacrificio de Cristo. Por el don del Espíritu Santo, el don gratuitamente recibido abre el camino para el don de sí en la comunión con Cristo y con los hermanos. Los cónyuges cristianos, en el sacramento del matrimonio, que significa la unión de Cristo esposo con la Iglesia esposa (Ef 5,22-23), unen sus vidas en una sola carne para dar origen a la familia cristiana, señal visible de la redención en el mundo. Por esto, el matrimonio puede ser definido como “símbolo real de la Nueva y Eterna Alianza, decretada en la Sangre de Cristo”[60], por causa de su capacidad de expresar el amor de Dios para con su pueblo en el lenguaje del amor nupcial humano.

De esta manera, la familia emerge como santuario de la vida y como “pequeña Iglesia Doméstica”[61]. Ella no dispone en sí de todos los elementos constitutivos que le permitan ser plena y autónomamente Iglesia. Ella se refiere, por tanto, a aquel dinamismo propio de la vida cristiana entre el Bautismo y la Eucaristía y se integra en la comunión eclesial más amplia, siendo su realización más estrecha en la historia.

El Documento de Aparecida no tiene como finalidad elaborar la teología del matrimonio y de la familia, antes la supone y de ella parte retomando los elementos más importantes para ofrecer indicaciones pastorales.

El número 116 habla del ser humano creado a imagen y semejanza de Dios, y de la diferencia sexual, el número 117 habla que

                El amor conyugal es la donación recíproca entre un hombre y una mujer, los esposos: es fiel, exclusivo hasta la muerte y fecundo, abierto a la vida y a la educación de los hijos, asemejándose al amor fecundo de la Santísima Trinidad[62].

El numeral 434, citando el Documento de Puebla, retoma el tema de la comunión: “Creemos que la familia es imagen de Dios que en su misterio más íntimo no es la soledad, pero si una familia”. En seguida continúa: “En la comunión del amor de las tres Personas divinas, nuestras familias tienen su origen, su modelo perfecto, su motivación más bella y su último destino”.

El D.A. en el número 117, todavía afirma:

                El amor conyugal es asumido en el Sacramento del Matrimonio para significar la unión de Cristo con su Iglesia. Por eso, en la gracia de Jesucristo, encuentra su purificación, alimento y plenitud (Ef 5, 23-33).

Y en el numeral 204, la familia es mencionada como “la primera y más básica comunidad eclesial (…) Ella se llama Iglesia Doméstica”[63].

El magisterio de Juan Pablo II recorre el camino que “partiendo de la meditación filosófica y teológica sobre el amor conyugal, alcanza el corazón del persona humana”[64]. Para el Papa quedaba claro que no bastaba re-proponer el plan ético normativo para responder a los desafíos modernos. Era necesario presentar, en un horizonte más articulado, un pensamiento antropológico, ético, filosófico y teológico.

A lo largo del texto se encuentran afirmaciones que muestran como el Documento de Aparecida procuró abrazar la realidad entera y sus dramas, supera antiguas tentaciones de condenar o rechazar problemas y grupos. No hizo eso abriendo excepciones al Magisterio y si, ampliando una admirable postura de misericordia. En este sentido, es ejemplificativo el número 469 que en la letra g recomienda:

                Apoyar y acompañar pastoralmente y con especial ternura y solidaridad las mujeres que decidieron no abortar, y acoger con misericordia a aquellas que abortaron, para ayudarlas a curar sus graves heridas e invitarlas a ser defensoras de la vida.

Y en seguida, acrecienta una frase iluminadora: “El aborto hace dos víctimas: por cierto al niño, pero también a la madre”.

En ese mismo espíritu, en el numeral 437, al sugerir acciones concretas para tutelar y apoyar a la familia, en la letra f sugiere:

Estimular centros parroquiales y diocesanos con una pastoral de atención integral a la familia, especialmente aquellas que están en situaciones difíciles: madres adolescentes y solteras, viudas y viudos, personas de la tercera edad, niñez abandonada, etc.

En la letra j del mismo numeral, acrecienta:

                Acompañar con cuidado, prudencia y amor compasivo, siguiendo las orientaciones del Magisterio, las parejas que viven en situación irregular, teniendo presente que a los divorciados y nuevamente casados no les es permitido comulgar.

Y todavía, en el mismo numeral es dada la razón de esos cuidados pastorales que, si no son innovadores, ciertamente tienen la función de legitimar y difundir en la Iglesia, prácticas pastorales aún limitadas. En la misma letra j es dicho: “Se requieren mediaciones para que el mensaje de la salvación llegue a todos”. Anteriormente, en el capítulo V, titulado: “La comunión de los discípulos misioneros en la Iglesia”, en el numeral 204, el documento afirma: “El Espíritu que hace todo nuevo, actúa inclusive dentro de situaciones irregulares, en las cuales se realiza un proceso de trasmisión de fe (…)”.

3. FAMILIA, IGLESIA Y SOCIEDAD

El D.A. recuerda las palabras del Papa Benedicto XVI en el discurso inaugural (D.I.), cuando afirma que la familia es

                Patrimonio de la humanidad, uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Ella ha sido y es escuela de la fe, conferencia de valores humanos y cívicos, hogar en el que la vida humana nace y se acoge generosa y responsablemente. La familia es insubstituible para la serenidad personal y para la educación de sus hijos[65].

El Documento de Aparecida entiende que este patrimonio de los pueblos latinoamericanos puede ser dilapidado, como en buena parte lo fueron recursos preciosos como ríos y selvas. Por eso, observando “las difíciles condiciones de vida que amenazan directamente la institución familiar” convoca los discípulos  y misioneros para que trabajen para modificar esas situaciones y para que “la familia asuma su ser y su misión en el ámbito de la sociedad y de la Iglesia[66]. Por eso, convoca a las comunidades eclesiales para que asuman la familia como

                Uno de los ejes transversales de toda acción evangelizadora (…) En toda diócesis se requiere una pastoral familiar ‘intensa y vigorosa’ para proclamar el evangelio de la familia, promover la cultura del vida, y trabajar para que los derechos de las familias sean reconocidos y respetados[67].

Siguen propuestas de acciones concretas que tienen como objetivo el fortalecimiento de la familia en la cultura y en la sociedad, además de sugerencias relativas a la niñez (438-441), a los adolescentes y jóvenes (442-446), a los ancianos (447-450). Algunas páginas son dedicadas a la dignidad y a la participación de la mujer (451-458), a la responsabilidad del hombre y padre de familia (459-463), para hablar, por fin, de la cultura de la vida (464-469) y de los cuidados con el medio ambiente (470-475).

Es interesante observar que en el ítem que trata de la formación de los discípulos misioneros, la familia ocupa el primer lugar, antes de la parroquia, de las comunidades eclesiales y de los movimientos.

3.1. Relaciones familiares y desarrollo de la identidad personal

La familia representa el hábitat más adecuado para acoger la existencia humana, siempre vulnerable, especialmente en las etapas iniciales y terminales. El ambiente familiar sitúa a la niñez en el universo de los significados, de los símbolos, del lenguaje[68]. Las relaciones familiares permiten, especialmente a la niñez y al adolescente, encontrar el punto de de contacto entre la objetividad de la realidad dada y la intencionalidad de la consciencia personal. De esta forma, la persona aprende a moverse en el horizonte intersubjetivo, comenzando a reconocer lo que es familiar y lo que no es familiar, extraño[69].

Las relaciones familiares favorecen el desarrollo de la Identidad personal, el rostro con el cual cada uno participa de los diferentes ambientes que cotidianamente frecuenta, tornándose evidente “la relevancia de la familia en las diversas esferas no familiares”[70].

En realidad, las esferas de la vida no familiar  son siempre más definidas por la expansión de la mentalidad utilitarista[71]. Las relaciones de la convivencia cotidiana, en la medida en que son funcionalmente organizadas[72], son siempre más determinadas por criterios de utilidad, de cálculo y de conveniencia. La relación funcional, por su naturaleza, se refiere a aspectos parciales de los sujetos implicados. En la sociedad contemporánea, la persona desempeña una pluralidad de funciones socialmente reconocidas, a través de las cuales entra en relación con los otros, siempre refiriéndose a aspectos limitados, circunscritos a la competencia que la misma función le atribuye.

La familia, por el contrario, mismo sufriendo la influencia de este tipo de mentalidad, permanece el lugar más significativo donde la persona puede entrar en juego con la totalidad de su ser. Sentimientos, afectos, valores, creencias, interesas e ideales, preocupaciones y trabajo, sucesos y dolencias son compartidos, eventualmente discutidos y acogidos por los miembros de la familia que, de esta manera, van tejiendo al trama de los de las relaciones íntimas, pudiendo todavía cada uno disfrutar de gestos de gratuidad. Estas relaciones familiares, que tiene el carácter de la totalidad, de la supra-funcionalidad, contribuyen de forma decisiva para delinear el rostro con el cual cada hombre y cada mujer enfrentan cotidianamente el ambiente de la escuela, del trabajo, de la ciudad, de la administración pública, del poder político.

La familia tiene un carácter “supra-funcional”, afirma Donati, en el sentido que ella:

                No existe para satisfacer una o algunas funciones sociales y si, una gama potencialmente indefinida, en cuanto la familia es una relación social plena, esto es, un “fenómeno social total”, que directa o indirectamente, de forma implícita o explícita, implica todas las dimensiones de la existencia humana. (…) Por causa de esa supra-funcionalidad, el símbolo de la familia es uno de los más fuertes, estable y relevante en el fluir de la vida social, desde el inicio de la historia humana hasta hoy[73].

En suma, venir a este mundo, nunca es un hecho privado. Por otro lado, la existencia de un nuevo ser humano, por sí solo, es fuente de derechos y de deberes de reconocidos por el ordenamiento jurídico[74]. Entonces, la hipótesis de la autogeneración del individuo, tan cara a la postmodernidad, resulta escasa de razones adecuadas.

3.2. Relaciones familiares y justicia

La familia es constituida de relaciones que nacen en la intimidad cotidiana y extienden su influencia directa e indirecta a la convivencia social. Las relaciones familiares se desarrollan a través del diálogo, de la discusión, del conflicto para definir, delante de cada circunstancia, el bien que cada uno está buscando y los límites que debe respetar en vista del bien común, y para definir lo que es debido a cada miembro en la circunstancia (de edad, salud, condición) en que se encuentra. Esto implica, en un intenso debate cotidiano, al respeto de las prioridades de la familia, del compartir de los recursos, de las tareas y de los sacrificios que cada uno debe asumir, al respeto de pesos de otros miembros que deben ser cargados, visto que las relaciones familiares son asimétricas (pero tienden a la igualdad) y a cada uno le toca una porción diferente de beneficios y de sacrificios.

Las relaciones familiares se caracterizan por el hecho de que “el hombre hace la experiencia elemental y benéfica de una dependencia que lo genera, de una pertenencia que lo torna capaz de ser protagonista”[75]. En este sentido, la familia es el lugar del indispensable ejercicio a convivir, teniendo como base las relaciones de la familiaridad y como puntos de referencia las exigencias elementales. Estas deben encontrar la justa respuesta en las concretas circunstancias de cada familia. La exasperación de la autonomía individual, siempre más presente en la mentalidad contemporánea, se verifica cuando la ideología se torna criterio que orienta la acción y no la experiencia, o entonces, cuando las relaciones se disuelven.

En el diálogo familiar, cada uno busca la respuesta más adecuada a estas exigencias, debiendo acertar las cuentas con las circunstancias concretas en las cuales vive la propia familia y con las necesidades y las exigencias de los otros miembros. La comparación y el debate que nacen de esto, sirven para definir los valores relevantes, los criterios para juzgar situaciones y comportamientos, los límites que deben ser acogidos para promover la justicia en la convivencia. Es fácil reconocer, en ese ambiente, la importancia de la autoridad paterna[76] para guiar y meditar el debate interno  a la familia, reconduciéndolo al principio de realidad, de modo que corrija eventuales unilateralidades y prepotencias. De esta manera, las relaciones familiares constituyen la primera escuela donde se aprende la justicia, aprendiendo a evaluar todos los factores en juego en aquellas circunstancias y a buscar el bien común. El debate cultural y político sobre lo justo y lo injusto se torna más fecundo cuanto más se alimenta de los criterios y de las razones que nacen de la experiencia familiar y no de alguna de las ideologías que disputan el espacio público.

4. OBSERVACIONES FINALES

En el debate en curso sobre lo humanum, la familia ocupa un lugar central. Los ataques que tienden a vaciarla de sus significados más propios, constituyen una provocación para que sean manifestadas las razones de le dan fundamento. En cuanto el debate antropológico continúa y se agita alrededor de nuevos temas, cabe recordar que solamente la experiencia podrá mostrar, en el tiempo, cuales opciones son capaces de proporcionar significado y satisfacción, cuales caminos se revelan más favorables para la construcción de una nueva vida familiar y social más ajustable a las exigencias humanas. De la misma manera, en la concreta vivencia de las relaciones de intimidad, será posible reconocer las opciones que nacieron solamente para satisfacer el ímpetu de la libertad individual, pero que carecían de fundamentos adecuados.

La familia constituye un recurso para la persona en los más diversos aspectos de su existencia, estando presente como una realidad simbólica que proporciona experiencias a nivel psicológico y social, también como orientaciones éticas y culturales[77]. En ella se encuentran los elementos fundamentales de la identidad simbólica del individuo en cuanto ser humano, que lo diferencian  de un individuo animal. En el espacio de la vida familiar se verifican experiencias humanas básicas que permanecen en el tiempo, tales como la paternidad, la maternidad, la filiación, la fraternidad, la relación entre las generaciones introducen en la dimensión de la temporalidad, con el descubrimiento del nexo con la generación de la vida y con la realidad de la muerte.

En suma, la familia es un requisito del proceso de humanización, que arraiga la persona en el tiempo, a través de las relaciones de parentesco, destinadas a permanecer durante toda la existencia. Nacer, amar, procrear, trabajar, enfermar, envejecer y morir son acciones o procesos ligados a las relaciones de parentesco y, casi siempre, escapan al control de la persona. Estas realidades pueden ser vividas también fuera de la familia, pero es evidente que en el contexto de las relaciones familiares ellas adquieren todo el significado.

La familia también constituye un recurso para la sociedad, pues facilita respuestas a problemas y necesidades cotidianas de sus miembros[78]. Constituye un recurso sin el cual la sociedad, de la forma como está organizada actualmente, entraría en colapso, caso fuera obligada a asumir tareas, por seguimiento de una norma, son desempeñadas, de mejor forma y a menor costo, por la familia, a través de la protección, de la promoción, del acogimiento, de la integración y de las respuestas que ofrece a las necesidades de sus miembros, la familia favorece el desarrollo de la sociedad, creando en su interior y a su alrededor un clima de gratuidad, de solidaridad y de cooperación. En el transcurrir de la evolución histórica permanece como matriz del proceso de civilización, como condición para la humanización y socialización de las personas[79].

En este sentido, el Magisterio de Juan Pablo II y los desarrollos del Papa Benedicto XVI alimentan un importante proceso de profundización del significado del amor humano, indicando los itinerarios que pueden ser recorridos para que el encuentre, en el matrimonio y en la familia, a su más plena realización, tornándose fuente de felicidad para las personas, casa y escuela de comunión, esto es, de solidaridad y de convivencia social en la paz.

El Documento de Aparecida contribuye para difundir en los pueblos de América Latina una consciencia más madura de los factores que están en juego en la vivencia del amor humano, del matrimonio y de la familia, invitando a los fieles a cultivar una autoconsciencia capaz de discernir y de escoger con libertad los caminos que proporcionan una calidad de vida que corresponda mejor a las exigencias humanas.

Sin subestimar la importancia del debate cultural en curso, parece más realista pensar que el futuro de la familia en nuestro Continente está unido al testimonio de  una vida familiar llena de significado y de belleza, que las familias cristianas podrán ofrecer. Cabe a las comunidades cristianas documentar la grandeza del amor humano, cuando es vivido como don sincero de sí para el bien y la felicidad del otro, cuando se asienta en el matrimonio y da origen a una familia que reconoce en Jesucristo la Presencia victoriosa sobre la muerte y el modelo del amor que se abre para generar hijos y educarlos, preparándolos para el ejercicio de la ciudadanía. Por eso el Papa Benedicto XVI puede afirmar en Aparecida que la familia es “patrimonio de la humanidad, uno de los tesoros más importantes de los pueblos latinoamericanos y caribeños”[80]

 


[1] “Quédate en nuestras familias, ilumínalas en sus dudas, apóyalas en sus dificultades, consuélalas en sus sufrimientos y en el cansancio de cada día, cuando alrededor de ellas se acumulan sombras que amenazan su unidad y su naturaleza. Tú que eres la vida, quédate en nuestros hogares, para que continúen siendo nidos donde nazca la vida humana abundante y generosamente, donde se acoja, se ame, se respete la vida desde su concepción hasta su término natural”. (DA 554).

[2] DA 37.

[3] DA 44, El texto continúa diciendo. “Se disuelve la concepción integral del ser humano, su relación con el mundo y con Dios. (…). Se deja de lado la preocupación por el bien común para dar lugar a la realización inmediata de los deseos de los individuos, a la creación de nuevos y muchas veces arbitrarios derechos individuales, a los problemas de la sexualidad, de la familia, de las enfermedades y de la muerte”.

[4] Giddens, Anthony, Mundo en descontrol: lo que la globalización está haciendo de nosotros, Rio de Janeiro: Record, 2000, pg 63.

[5] Juan Pablo II, Familiaris Consortio, São Paulo: Ed Paulinas, 1989. Del mismo autor ver también: Evangelium Vitae, São Paulo: Ed Paulinas, 1995, n. 28.

[6] El tema de “la antropología adecuada” fue desarrollada por el Papa Juan Pablo II en las catequesis de los miércoles, entre 1978 y 1985, reunidas en el libro: Juan Pablo II, Hombre y Mujer él los creó. Catequesis sobre el amor humano. Baurus EDUSC, 2005.

[7] Scola, Angelo II, disegno di Dio sulla persona, sul matrimonio e sulla familia, Anthropotes, v 15. n 2 pg 338-342, 1999

[8] Lipovestky, Gilles, La era del vacío: ensayo sobre el individualismo contemporáneo, Lisboa: Ed Reloj de Agua, 1989, pg 48. El afirma: “Para más allá de la moda y de su espuma o de ciertas caricaturas que las hacen, aquí y allá, de este neonarcisismo, o su aparición en el escenario intelectual tiene el interés esencial de obligarnos a tener en cuenta, en toda su radicalidad, la mutación antropológica que se realiza delante de nuestros ojos y que todos nosotros sentimos, cada uno a su manera aun de forma confusa”. En el horizonte de la teología, Scola observa el mismo fenómeno: Scola Angelo, “La política y la dimensión ética”, in Familia et Vita, Roma, ano 3, n 3, pg 116, 1998.

[9] Petroni, João Carlos, Post modernidad y familia, Bauru: EDUSC, 2003, 174-180.

[10] Giddens, Anthony, La transformación de la intimidad: sexualidad, amor y erotismo en las sociedades modernas, São Paulo: UNESP, 1993.

[11] Singly, François de, “El nacimiento del individuo individualizado y sus efectos en la vida conyugal y familiar”, in Peixoto, Clarice Ehlers & Singly, François de & Cicchelli, Vincenzo (orgs.), Familia e individualización, Rio de Janeiro: Editoras FGV, 2000. Ver también Le Gall, Didier & Martin, Claude, Familias y Políticas Sociales. Dix questions sur le lien familial contemporain.

[12] Melina, L, Curso de Bioética. Casale Monferrato: Piemme, 1996;  Scola, A., II mistero nuziale, 1: uomo-donna, Roma: Pul-Mursia, 1998.

[13] Oliveira, M.A. Ética y racionalidad moderna, 2 ed, São Paulo, Loyola 1993; Rhonheimet, M, Ética de la procreación, Roma, Murcia, 2000, Azevedo, E.E.S, El derecho de a ser después su nacimiento, Porto Alegre: Edipucrs, 2000; Segre, M.; Cohen, C., Bioética. Rio de Janeiro: Civilización Brasilera, 2000.

[14] Diario de Sao Paulo, Familia Brasilera,  Retrato hablado. Investigación nacional de Datafolha, 7 de octubre de 2007.                                                                                         

[15] Cooper, David. La muerte de la familia, São Paulo: Martins Fontes, 1989.

[16] Kaloustian, S.M. (org), Familia Brasilera, la base de todo, São Paulo: Cortez, 1994.

[17] Seguin, Michael, La anticoncepción en la iglesia: balance y perspectivas, São Paulo: Paulinas, 1997. Sarti, Cyntthia, “Algunas cuestiones sobre familia y políticas sociales”, in: jacque, C,: Costa, L. (orgs), Familia en mudanza, São Paulo: Compañía Ilimitada, 2004, pp, 193-213.

[18] Furet, François; Richet, Denis, La Revolución Francesa, Bari: Laterza, 1980. Dumont, Jean, El falso mito de la revolución francesa, Milano: EdF, 1989.

[19] Lyotard, Jean François, The postmodern condition: a reporto n Knowledge, Minneapolis: University of Minnesota Press, 1983, pg 99-100.

[20] Lipovetsky, 1989, op cit,; Lipovetsky, G., Los tiempos hipermodernos, São Paulo: Barcarolla, 2004.

[21] Petrini, João Carlos, “Relación nupcial, relación ocasional”, in: Consejo Pontificio para la familia, Lexicon. Brasilia: Ediciones CNBB, 2007, pp. 825-835.

[22] Petrini, João Carlo, “Cambios sociales y cambios familiares”, in: Petrini, João Carlos y Cavalcanti, R.S. (Orgs.), Vanessa, Familia, sociedad y subjetividad, Petrópolis: Voces, 2005, pgs 39-40.

[23] Entre tantos autores citamos: Touraine, Alaine, Crítica de la Modernidad, Petrópolis: Voces, 1994. Harvey, David, Condición Postmoderna, São Paulo: Loyola 1992. Santos Boaventura de Sousa, Por la Mano de Alice, lo Social y lo Político en la Postmodernidad, São Paulo: Cortez Ed., 1999. Rouanet, Sergio Paulo, Mal-Estar en la Modernidad, São Paulo: Compañía de las Letras: 1993. Ianni, Octavio, La Sociedad Global, Rio de Janeiro: Civilización Brasilera, 1992. Connor, Steven, Cultura Postmoderna, Introducción a las teorías de lo contemporáneo, São Paulo: Loyola, 1993. Zigmunt, Bauman, Mal-Estar de la Postmodernidad, Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 1998. Kaplan, E. Ann, El Mal-Estar en el Postmodernismo, Teorías, prácticas, Rio de Janeiro: Jorge Zahar Editor, 1993. Petrini, João Carlos, Postmodernidad y Familia, Un itinerario de comprensión, Bauru: EDUSC, 2003.

[24] Horkheimer, Max; Adorno, Theodor, Dialéctica del Iluminismo, Torino: Einaudi, 1976.

[25] Donati, Pierpaolo; Scabini, Eugenia (Orgs), Nuevo Léxico Familiar, Milano: Vita e Pensiero, 1995. Donati, Pierpaolo, “La sociedad es relación”, in: -. (org). Lección de Sociología. La categoría fundamental para la comprensión de la sociedad, Padova: Cedam, pp. 1-54. Primo Rapporto CISF, sulla Famiglia in Italia: L’emerge della familia auto-poeitica. Milano: ed. San Paolo, 1998.

[26] Donnati, Pierpaolo, Familia XXI: abordaje relacional, São Paulo: Paulinas, en prensa.

[27] Cf. Juan Pablo II, Hombre y Mujer los creó, Catequesis sobre el amor humano, Bauru: EDUSC, 2005.

[28] Juan Pablo II, 1981, op. cit.

[29] Donnati, en prensa, op, cit.

[30] Donati, 1998, op. cit.

[31] Ibidem, p. 129

[32] Ibidem, p. 132

[33] Ibidem, p. 133

[34] Ibidem, p. 135

[35] Giddens, A., El Mundo en descontrol: lo que la globalización está haciendo de nosotros, Rio de Janeiro: Record, 2000, p. 63.

[36] Scola, 1998, op. cit.: Melina, Livio y Pérez-Soba, Juan-José (orgs), Ill bene e la persona nell’agire, Roma: Lateran University Press, 2002.

[37] Observa Castells: “La sexualidad se torna una necesidad personal que no debe necesariamente ser canalizada en el interior de la familia”. Castells, Manuel, Il potere delle identitá, Milano: Universitá Bocconi Editore, 2003, p. 261.

[38] Sarti, Cynthia, “Algunas cuestiones sobre familia y políticas sociales”, in: Jacquet, C. Costa (orgs), Familia en Cambio, São Paulo, Compañía Ilimitada, 2004, p. 194.

[39] De gran significado para profundizar el tema del génesis de la sociabilidad, es la obra de Marcel Mauss, Essay sur le don. La dinámica de dar, recibir, retribuir, que caracteriza el don, resulta capaz de generar y cultivar vínculos familiares y sociales, gracias al excedente del que el don se reviste, con relación a los valores cambiados, haciendo desarrollar, de este modo, relaciones significativas para los relacionamientos interpersonales y para las relaciones sociales (Mauss, Marcel, ensayo sobre la dádiva, Lisboa: Ediciones 70, 2001).

[40] Cf. Oliveira, Manfredo Araujo de, Subjetividad y Totalidad, una confrontación con las antropologías contemporáneas. Fortaleza, Universidad Federal del Ceará: Mimeo, 2004.

[41] Cf. Especialmente Juan Pablo II, 2005, op. cit.

[42] Benedicto XVI, Fe, razón y universidad: Recuerdos y reflexiones, Aula Magna de la universidad de Regensburg, 12 de septiembre de 2006. Disponible en http://www.vatican.va/holy_father/benedict_xvi/speeches/2006/september/documents/hf_ben-xvi_2006912_university-regensburg_po.html. Ingreso en 16/03/2008.

[43] Juan Pablo II, 2005, op. cit.

[44] “El cuerpo revela el hombre”, afirma Juan Pablo II in: Hombre y Mujer los creó, op. cit., p 83.

[45] Ver, al respecto, el número 1 de la Mulieris Dignitatem, donde afirma: “Se trata de comprender la razón y las consecuencias de la decisión del Creador de hacer existir al ser humano siempre y solamente como mujer y como hombre”, in: Juan Pablo II, La dignidad y la vocación de la mujer, São Paulo: Ed. Paulinas, 1988, p. 7.

[46] Cf. Petrini, João Carlos, “Para comprender el amor humano”, in: Juan Pablo II, Hombre y Mujer los creó, op. cit., pp. 13-21.

[47] Juan Pablo II, Hombre y Mujer…, op, cit., pp. 68-73.

[48] G.S. 24, citado en Juan Pablo II, La dignidad y la vocación…, op. cit., pp. 27-28.

[49] García de Haro. Matrimonio y familia en el documento del magisterio. Curso de teología matrimonial, Milano: Ares, 2000, p, 337.

[50] Juan Pablo II, Hombre y Mujer…, op. cit.

[51] Ibídem.

[52] Juan Pablo II, Carta a las familias, São Paulo: Paulinas, 1994, p 16.

[53] Oullet, Marc. Divina Somiglianza, Antropología trinitaria de la familia. Roma: Lateran University Press, 2004.

[54] Juan Pablo II, Carta a las familias, op. cit., p 16.

[55] João, Paulo II, La dignidad y la vocación de la mujer, Mulieris Dignitatem, São Paulo: Paulinas, 1998. P 28.

[56] Oullet, op, cit., pg 53.

[57] Juan Pablo II, Hombre y mujer los creó, op. cit., pg 114.

[58] Oullet, op. cit., pg 75.

[59] Ibidem, pg 76.

[60] Juan Pablo II, La misión de la familia cristiana en el mundo de hoy, São Paulo: Paulinas, 1981. P. 24.

[61] La expresión fue acuñada por San Juan Crisóstomo y retomada en el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium, n. 11 y en la Apostolicam Actuositatem, n. 11

[62] D.A. 117.

[63] D.A. p 100.

[64] Cafarra, Carlo, “Al servicio della veritá sul matrimonio. Editoriale”, in: Anthropotes, 1/1 (1985), 5-12.

[65] DI, 5, in: DA, n. 114.

[66] D.A. 432.

[67] D.A. 435.

[68] Morandé, Pedro, familia y sociedad, Santiago, Editorial Universitaria, 1999, pg.44

[69] Cf. D’Agostino, Francesco, Una filosofía de la familia, Milano: Giuffré ed. 1999.

[70] Donati, Pierpaolo, La familia come relazione di mediazione sociale tra sessi e generazioni. Texto presentado en el Seminario Internacional “Familia contemporánea: desafíos a la intimidad y a la inclusión social”, UCSal, Salvador, octubre, 2006.

[71] Gouldner, Alvin, La crisis de la sociología occidental, Buenos Aires: Amorrortu, 1973

[72] Cf. Parsons, Talcott, El sistema de las sociedades modernas, São Paulo: Pionera, 1974.

[73] Donati, L’approccio relazionale alla familia, Bologna: no prelo.

[74] Morandé, 1999, op. cit., p. 34.

[75] Scola, Angelo, L’esperienza elementare, La vena profunda del magisterio de Juan Pablo II, Milano: Marietti 1820, 2003, p.36.

[76] Risé, Claudio, Il Padre, L’assente inaccettabile, Cinisello Balsamo: Edizione San Paolo, 2003, Cf. Del mismo autor. Il mestiere di padre, Ciniselli Balsamo: Edizione San Paolo, 2004.

[77] Morandé, P. Persona, Matrimonio y Familia, Santiago: Universidad Católica de Chile, 1994.

[78] Kaloustian, 1994, op. cit., p. 11; Chinoy, E., Sociedad: una Introducción a la Sociología, São Paulo: Cultriz, 1993, p. 203.

[79][79] Levi-strauss, C., “la Familia”, in:_ Razza e Storia e Altri Studi di Antropología, Torino: Einaudi: 1967. p. 150 y ss; Radclife-Brown, A. R., Estructura y Función en la Sociedad Primitiva, Rio de Janeiro: Voces: 1973; Mauss, M., Sociología y Antropología, São Paulo: EPU, 1974.

[80] DI, 5, in: DA, n. 114.

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