¿POR QUÉ CREER EN UNA RELIGIÓN EN PLENO SIGLO XXI?

¿POR QUÉ CREER EN UNA RELIGIÓN EN PLENO SIGLO XXI?

Ensayo a mi religión la forma de unirme de nuevo a……

La tristeza o la angustia nos pueden llevar al límite de tener que reconocer que debe haber algo más allá de la propia vida, y que ni siquiera se es apenas perceptible a nuestros ojos;  un consumirme en el fango, o por el contrario un salir airoso dando el golpe y el salto a lo trascendente que nos libere de todas nuestras indigencias y nos purifique del barro de nuestras limitaciones.

Humanos somos y necesitamos seguir creyendo que hay Algo más capaz de dar brillo a nuestros ojos aún después de muertos; un Algo capaz de salirse fuera de lo que comúnmente conocemos como lo racional de la vida, que se acaba y ya paso, que tanta lucha y esfuerzo se reducen al agotamiento de seres que quisieron dar lo mejor de sí, pero vieron sus esfuerzos circunscritos a una nada pasajera.

En algunos casos puede ser la angustia, en otros el temor de la muerte, en otros quizá el encontrar la alegría inundada por un mar de amarguras, o a lo mejor plantearse un orden más justo más allá de este mundo que de a sus hijos o hermanos los hombres la capacidad de ser felices aun en este estadio de vida presente.

Infinidad de razones nos pueden llevar a indagar el por qué nuestro ser humano construye espacios que le permitan adorar y expresar toda una capacidad reprimida y a punto de explotar con quien es su trascendente. El gran Amor de su vida que le diga por qué  y por qué y por qué de tantas cosas; o ese sumo bien que me indique cuanto de esto o de aquello soy capaz o puedo o no puedo hacer. O que simplemente se limite a escucharnos como un padre a su hijo.

Uno de estos espacios que ha ido ganado el hombre en su afán de conservarse, ha sido el hecho religioso, su “religare” o punto de unión más íntima  con su propio Dios.  Capaz de  elevar al hombre a Su propia Altura, Grandeza y Majestad de quien posee las llaves y la llama que rigen este Su mundo, que es también nuestro mundo.

O tal vez, mejor para mí, más que conservarse, un agitarse y sacudirse; como a un recién nacido, que debe aprender primero a respirar antes de cualquier cosa, para poder acercarse a su madre y sentir el calor de sus besos y su abrazo filial que se conjuga y expresa en la máxima gracia de amor jamás recibida por hombre alguno en este mundo. (Incluso desde la misma miseria del hombre que abandona y mata  a su propia sangre).

Todo esto y mucho más nos pueden dar una significación al por qué del hombre  como ser religioso y el sentido trascendental sobre este hecho. Hecho que congrega y dinamiza toda acción humana, sea cual sea su posición frente a la vida y la manera como en su libertad expresa todo aquello que le inquieta y su relación hacia Quien responda a la misma.

Surge en el hombre la necesidad de consolidar su puente de unión con Aquello que él incluso desconoce, su conexión con el Misterio, el Oculto o Todopoderoso; o con aquella visión que tenga frente a Quien nosotros conocemos como Dios. Es un ir tras su búsqueda según el entorno en el cual se halla criado y expresarle todo lo que su sentido racional y sensorial le impulsen transmitir.

Es esta la expresión categórica que nos hacen ser practicantes de una religión determinada, válida incluso para el más ateo, que hace de sus propias teorías su más ajustada religión; o el indígena, nativo de una cultura perdida para una sociedad  “civilizada”, que adora el fuego y la magnificencia de un verde claro pardo bañado del tinte café oscuro del río que surca sus entrañas y a quien otorgan la creación de todas las cosas.

Más aun, para nosotros que nos sentimos y decimos poseedores de la Verdad Revelada de nuestra religión, en el ciclo histórico del pueblo elegido, y cuyo Dios y Dios de todos, ha ido comunicando a lo largo de los tiempos, su voluntad de excelente grandeza, en boca de hombres que fueron sus profetas, reyes, caudillos y en quien sus palabras se hicieron carne en la vida de su propio Hijo; nos vemos  envueltos en la necesidad expresiva de nuestro ser religioso.

Dios y dioses de infinita majestad reúnen a los hombres en su dinámica moral, a llevar y guiar la vida misma de aquellos, por la carrera loca de su eternidad. Expresiones contrarias  o complementarias se juegan la primacía del puesto que han de ocupar en la presencia del hombre.

Alegría que nos mueve a buscar la verdad y saber encontrarla, en el camino irreflexivo del laberinto afanoso que nos lleve al verdadero Dios.

Son todas estas expresiones de un ser religioso, innato en la naturaleza  humana, las que nos llevan a saber que somos “capaces de Dios y cuyo deseo está inscrito en el corazón del hombre, porque ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre  hacia si, y solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar”.

Y cómo, “de múltiples maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, los hombres han expresado su búsqueda   de Dios por medio de sus creencias y sus comportamientos religiosos(…). A pesar de las ambigüedades que pueden entrañar, estas formas de expresión son tan universales que se puede llamar al hombre un ser religioso[1].      Algunas de estas expresiones han encontrado cuna en una diversidad de manifestaciones religiosas, que se podrían clasificar según el dinamismo provocado en el hombre y la manera como han sido reveladas y transmitidas a lo largo de sus siglos y años de historia.

Sólo me queda revelar el misterio oculto que embargan mis palabras a pagar la deuda sostenida con mi propia religión, y que llevaron a mi pluma a transcribir un pensamiento poco claro hacia donde apuntan mis preferencias en cuanto religión. Misterio que será  esclarecido con palabras retomadas del pensamiento de Miguel de Unamuno  quien se vio inquietado por la pregunta de un  Curioso preguntón de espíritu perezoso de que ¿cuál era su religión?, y cuya respuesta he de adoptar a mi propio interés.

 

“Mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aún a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen Él luchó con Jacob (…).

Y vivir el “sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”,  nos dijo Cristo, y semejante ideal de perfección es sin duda, inasequible. Pero nos puso los inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos (…). Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria [2]“… Y sin dar jamás respuesta en mi vida que ya dada a quien pregunte por mi religión.

Pero, para quien desee encontrar su propia religión, hombre de espíritu perezoso y preguntón, le digo, que este sentimiento está incrustado en su propia religión que jamás a estado desligada de su ser. Y saber que “Todo le habla, para quien sabe escuchar”, y en el “saber leer el lenguaje interior de lo externo y lo esencial que es invisible a los ojos “. Para que puedas escuchar de una vez por todas, la voz del dios de tu juventud, que aquieta  tus penas, libera tus cadenas, salva tus esfuerzos y caídas de la vid, aplaca el golpe de tu muerte (…), y que es,  a fin de cuenta, el fin de toda religión, tu propia religión, mi misma religión…



[1] CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, Conferencia Episcopal Colombiana 1993, Librería Editrice Vaticano Ciudad del Vaticano 1992. Pág. 20-21 Nº27-29.

[2] MARKINEZ,  Germán, Filosofía de la Religión. Lectura 3.3. Miguel de Unamuno, Obras completas, t, IV, pág. 259-263.

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